Aún recuerdo la última vez que bailé. Sí, lo recuerdo porque no hace tanto. Unos días más y no tendré fuerzas para rememorarlo. (Me absorbe tanto)
Pero hoy, aún, sé que aquella mañana me levanté temprano después de hablar un rato.
Nos despedimos, y me fui a la ducha.
El agua hirviente de los inviernos en esta casa me dejan el cuerpo, y hasta la mente, laxos.
Después de media hora quemándome la piel, me di tiempo para disfrutar de un rato envuelta en crema y albornoz, cortarme las uñas de las manos, tumbarme sobre la cama, mirar al cielo de la habitación y sorprenderme por la felicidad que me había invadido, la nada que me había conquistado. Nada doliente, nada opresor, ningún pensamiento,ni un conflicto, NADA.
La felicidad calma, apacible, sin más.
Me sorprendió y escribí. "Soy feliz. No por nadie ni por nada. Simplemente feliz, apaciblemente feliz."
Empecé a vestirme con parsimonia. Cada sábado es un ritual elegir qué ponerme para salir. No olvidar la colonia infantil o quizá, y sólo últimamente, una gota de perfume. Hace frío pero a veces, y también desde hace poco, elijo una falda baja, la ropa interior, leotardos, botas. Me gusta concentrarme en esa decisión. No dejarme llevar como siempre por lo primero que pille. Ese día también surgió así. Elegí mi vaquero viejo, mi segunda piel, los dos juegos de calcetines para unos pies helados: los unos de color liso, los otros rayados (¿qué quieres?!, con casi 41 me sigue gustando jugar con los calcetines. Jolín, otras juegan con medias de rejilla y taconazo y yo no digo nada). Un jersey ajustado, una chaqueta por encima, sus botas, mi bolsón, tu pañuelo "made in india" que te dejaste la última vez sobre el baúl...
Decidido lo cual....
Empiezo por los pies. Jolín, pero qué frío hace en esta casa.
Y aunque sea poco sexi (guiño) seguidamente las bragas. Siempre tuve tendencia a decir braguita. Como que braga suena a prenda de cuello vuelto, ¿verdad?. El diminutivo era reivindicativo de la rebeldía con que intentaba diferenciarme de mi madre, supongo. Pero desde que voy hacia lo natural (jaajajajajajaja) y no sé ni de picardías ni de encajes ni de nada de eso, me he acostumbrado a llamar las cosas por su nombre. Sin diminutivos. Así que: braga fue y braga es. Ni tanga, ni faja, ni brasileña, ni corta, ni alta.
Creo que mi braga nueva es mágica. al subirla por mi piel, nada roza, nada pica, nada molesta, perfectamente ajustada al punto justo. Y en esa mañana de sábado, bailé. Bailé sobre la cama, bailé por la casa con mi doble par de calcetines y mi culotte. Moviéndome al son de la música que llevo incorporada, mi braga con poderes me hizo esbozar, probar cien y una sonrisas, hasta que a carcajada plena volví a dejarme caer en la cama y terminé de vestir.
Durante toda esa mañana, mientras desayunaba en el bar de cada sábado en la ciudad, paseaba por la Calle Real, o sudaba al sol de la Avenida, mientras me encontronaba en el pasillo del Mercado municipal mirando berros, o preguntando en aquella tienda o por la carta en la terraza con brisa marina de San Andrés, en cada uno de los minutos de ese día, y con mi braga nueva: bailé. Llevaba la palabra artífice de mis buenas horas en la boca cerrada, deseaba decirla a cualquiera que me parara a saludar... jajajajajjaja.
Qué locura, qué dulce felicidad (qué euros tan bien empleados).
Luego, poco tiempo después, al día siguiente, mi enamoramiento se esfumó. Dios, qué veleta soy.
Y ella apareció en mi vida cambiándolo todo, no sé cuantos días ya. Noventa y seis horas (?) de apasionado romance. Con su blando y pálido cuerpo, su calor acogedor, sus palabras embrigadoras, sus caricias que me arrastran a la somnolencia sin sueños. Sólo ella y yo. En mi casa o en la suya. Constantemente abrazadas, apurando esos primeros y efímeros momentos de pasión. Envueltas en opiaceas brumas ella y yo.
Pereza se llamaba. Hoy le voy a decir adiós. He lavado mi prenda talismán y me la voy a poner otra vez.
mmmmmmm... y a ver si así vuelvo a cocinar y comer normalmente. Para empezar, y aún luchando mucho con el deseo de su cuerpo tibio en mi cama, va una de fotos antiguas y receta aún más:
TORTILLA DE ESPINACAS
con pasas y queso de cabra.Sin mucha explicación, supongo que como la hacemos todos: Hojas de espinacas con un poquito de pedúnculo -me gusta el crunch luego al masticar- bien lavadas y puestas en la sartén sin nada más que una pizca de sal. Dejar poner amorositas, no hacer un guiñapo, conste, sólo perder un poco de agua, cuando empiecen a alicaerse estarán para mi gusto. Reservar. Sofreír en aceite un ajo picadito sin dejar quemar. Añadir las espinacas y unas pasas gordas previamente rehidratadas. Dar un par de vueltas mientras se baten los huevos con pizca de sal, pimienta, y al final unos taquitos de queso blanco. Mezclar con las espinacas y las pasas y formar.