13 septiembre 2008

RECUERDOS PRESENTES DE GRANADA

Cuando llegué a Granada, después de dos horas y medias tan escasas que mi reloj sólo marcaba que hubieran transcurrido dos, de un bocata de chorizo (detalle a destacar de la compañía aérea) con su vasito de agua y cuatro sonrisas en el avión, me encontré con un aeropuerto pequeño, familiar y una guagua llena de gente joven que hablaba de terminar estudios en Cuba, de leer el País, de las lentejas de sus madres con verduras deshidratadas que se hacían en un pispás. Entonces no sabía que esa sangre joven que ocupaba los asientos alrededor del mío, que había respirado durante el vuelo entre las islas y la península, iba a ser lo que más destacara en la vieja ciudad.
A las dos horas, aunque algo aturdida por la cantidad de gente que pululaba aquel lunes cálido por La Gran Vía de Colón, Reyes Católicos y Mesones, ya me había quedado con lo que no me abandonaría durante esos días de conocimiento: la vitalidad, el ánimo rompedor, el colorido de los pocos años, la savia nueva y veloz de Granada.

Fueron días de paseos por callejas y escaleras que siempre miran hacia lo alto para, desde arriba, transformarte en un pequeño poderoso –aunque con la lengua fuera y en posturas a veces poco dignas, todo hay que decirlo-, días de calores secos aromatizados de jazmín, especias, vino y té, días de tejados, jardines enrejados, senderos empedrados, nostalgias. Fueron noches de refresco, de terrazas repletas hasta muy tarde con la calma de los que parecen no tener que madrugar, de tapitas –no siempre tan espléndidas como te anuncian, ni mucho menos-, de pies haciendo camino junto al Darro y aplaudiendo una guitarra en el Paseo de los no tan Tristes o toda una Orquesta en la Plaza de la Catedral. Cuando uno está en un lugar así, no sé porqué, y mientras pasea por el Albaicín o por el Barrio del Realejo o se detiene a respirar en el recoleto y silencioso jardincito junto a la Alcazaba, al sonido del agua y la magia de la Alhambra, se acuerda de los que no están, de quienes quisieras que compartieran el duende y que intuyes lo harían sin tener que hablar.
Por eso este viaje permanece en la memoria reciente con una envoltura de añoranza y un deje pequeño de pena.
Sé que dentro de poco, el polvo de mi poca cabeza cubrirá ciertos detalles, quizá se me olvide la impresión que la imagen de los cipreses distantes entre tejados y ascensos me clavó el alma; o que la soledad de los paseos al amanecer nunca estuvo solitaria del todo; que el agua tan presente en sonido y transparencia por toda la ciudad, algo que poca gente te dice cuando te recomienda para este viaje, es tan impactante… seguramente se me olvidarán las risas moriscas de los vendedores de la Alcaicería, que nunca sabes si las provoca verte revolver deslumbrada por fruslerías y cristalitos, o sus propios chistes sólo al alcance de oídos conocedores de su idioma; igual olvidaré el olor a comino y especias de la calle Elvira, o del puesto de Juan Antonio, en la calle Pescaderías, donde se mezclan los pulpos con el chocolate y flores de su té granadino, la pimienta de colores, azahar y lavanda. Olvidaré que los horarios son tan estrictos, que la ciudad duerme hasta tarde, que a las tres y media todo el mundo dormita, dejando las calles envueltas en un silencio denso de bares vacíos y que las noches se llenan del entrechocar de platillos y vasos. Se me ocultará la imagen de los gatos junto al río, sobre los coches, en los patios o en los pasadizos nazaríes. ¿Olvidaré acaso el sabor del helado marrons glace de los Italianos? A lo mejor también, o como dice “To”, mi mente lo desvirtúe y me invente otras tantas sensaciones que no habrán sido reales. No lo sé. A lo mejor, es posible que ahora que hago este recuento ya me esté olvidando de algo.

Lo que sí tengo claro es que aquel viejo recuerdo que mi maestra dejó en mi niñez permanecerá porque ahora, tantos años después, con mis vivencias yo lo he enriquecido.
¿Crees en la magia? Porque algo de mágico tiene que tener que mientras paseara la Alhambra yo también me tuviera que proteger de un aguacero fuerte, intenso, inesperado y efímero como el que ella nos contó aquel otoño de mis siete años. Porque el aroma que había traído hasta la pequeña escuela de Velhoco, en Santa Cruz de la Palma, lo he redescubierto yo nada más empezar a pasear los jardines y que el cantar del agua que me arrullaba desde aquel entonces, lo haya refrescado estos días de septiembre.
En fin, que como cronista de viajes no me gano la vida. Pero que no quede duda alguna que Granada, como una pequeña torre de Babel, merece la pena. Y guardo las ganas para conocerla más allá de las puertas de la ciudad quizá muy pronto...

5 comentarios:

Juan dijo...

Me alegro mucho que la visita a Granada te haya gustado. Es una ciudad que no se cansa uno de visitarla y de verla. Siempre tiene sorpresas.
Un saludo

Ana dijo...

No esperaba menos de tí, esas fotos son una clara imagen de los detalles que nadie ve ni valora, pero que forman parte de la historia y la vida de una ciudad....me alegro de que haya sido para tí un bonito viaje.....un beso!!!

Adormidera dijo...

Juan, seguro que no me cansaría de visitarla, si acaso se cansarán mis piernas por tanta cuesta. Gracias por las recomendaciones hechas en su momento y por el kilito de más de tanto helado.
Otro saludo para ti.


Ana, soy incapaz de hacer fotos panorámicas, me pierde lo menudo, los detalles. Las imágenes amplias forman parte de una impresión general, esos detalles son las pequeñas cosas que no quiero olvidar.
Un beso enorme que vuele a Almería.

Anónimo dijo...

Pues yo espero que vuelvas y me encantaría poder compartir algo que pasa desapercibido para casi todos los visitantes de ésta enigmática ciudad. Alguien una vez hace 10 años me enseñó a mirar todos esos detalles de los que hablas con otros ojos y me hizo descubrir rincones mágicos y misteriosos que no sólo te embrujan y te cautivan, sino que hacen que ese veneno se te quede en el alma para siempre.
Me encanta tu blog, creo que eres una persona muy especial, además te gustan los animalitos vivos y en su entorno, igual que a mí por eso me encantaría poder enseñarte todos esos lugares y detalles que una vez me regalaron.
Un abrazo grande,
Paloma

Adormidera dijo...

Hola, Paloma
Tienes razón al llamar "veneno" a lo que queda corriendo por las venas primero, y luego permanece en algún lugar profundo del corazón-memoria-sentimiento.
Al leerte después de estas semanas sin volver sobre Granada, la capsulita donde permanecía guardada, se ha liberado por el torrente sanguíneo de nuevo, despertando, estimulando, dando calor a su paso y tiñendo este otoño de olores veraniegos, esta brisa isleña, de aires secos andaluces.

No sé si coincidimos en algún otro lugar pero, aunque el viaje a Granada que veía próximo quedó aplazado por otros proyectos cercanos igual de revitalizadores, la idea de volver continúa estando ahí. No la olvido. Tengo que enseñársela a alguien. Y si tú quieres compartir "éso" que te enseñaron, yo estaré encantada de recibirlo.

Muchas gracias por tus palabras y por perder tu tiempo pasando por aquí y compartiendo conmigo.
Espero no sea la última vez que te manifiestes.

Un besote.