
Por entonces era junio, sí, lo recordaba bien, vísperas de la fiesta de San Antonio.
La gente comenzaba a aligerarse de ropa, las señoras a pasear a última hora de la tarde antes de darse un chapuzón en la playa. La Avenida se llenaba de gente, las chicas ya mostraban pieles bronceadas, y los chicos marcaban brazos en sus camisas nuevas.
El parecía de fuera. Con pelo largo y pecas, con un leve dorado apenas. Lo vio algunas veces cuando paseaba por la Calle Real, él sentado en la terraza del Bar. A veces con un moño mal hecho, otras con sombrero de paja. Risueño y dulzón, con camisas blancas y pantalón de lino.
Desde que lo vio, su mundo cambió. Seguramente porque era el momento, a lo mejor estaba escrito en las estrellas. Durante meses se acompañaron a pasear Calle Real arriba, Avenida abajo, y otra vez volver a empezar.
A veces la melancolía le nublaba la vista y le tocaba a ella tirar. Esos días él solía pararse en la tienda de la esquina y observar un estuche malva y oro con cintas amarillas, que estaba en el escaparate. Dentro 6 pares de palillos con símbolos chinos.
Siempre que lo veía mirar se decía "ésto se lo he de regalar para que nunca deje de sonreír". Así pasó S. Pedro, Las Nieves, La Concepción, La virgen del Pino. El verano se acabó, el moreno empezó a desaparecer y él cambió sus sombreros panamá por otras gorras de punto.
A veces seguía parándose en el escaparate de la tienda de regalos pero ya ella casi nunca podía leer en sus ojos. Mientras le hablaba, él se quedaba perdido en cualquier detalle entre los adoquines de la calle o en lo destartalado del reborde de un balcón. Mirando los aviones y los barcos se pasaba horas. Dejó de querer adentrarse en la isla, que ella lo acompañara, que le hablara siquiera.
Un día sin más ya no estuvo en la puerta de la Pensión La Cubana. Durante un tiempo ella continuó haciendo el mismo recorrido, pero las pocas veces que lo encontró, el bajó la mirada y cambió de acera. Dentro se le fueron acumulando las palabras que no le dijo, los besos y regalos que no le dio, y en su casa los dulces que guardó en una lata de lata para probarlos juntos.
Bien entrado aquel otoño, sin saber porqué, se dio cuenta que su presencia siquiera al otro lado de la acera, y esos fugaces encuentros de lejos le incomodaban. Entonces no supo que hacer con tanto como tenía guardado dentro. Se levantó una mañana para ver amanecer desde el muelle, volvió a desayunar en su lugar de siempre, y a mitad de bocadillo sintió la necesidad de salir corriendo. Cuesta arriba, hasta lo más alto de la Cumbre para no ahogarse si subía la marea de sentimientos. Todo aquel día de peregrinaje llovió. Se mojó. Andó kilómetros hasta cansarse. Al final de los pasos, aquella ermita. Entró. Encendió en el petril de lámparas ocho, diez, doce, y a la luz de las velas lloró. "¿Porqué lloras?" le había preguntado él una vez hacía mucho tiempo en otro lugar parecido "¿Qué sientes?" Ella entonces le dijo que paz, él dijo que era amor, y las manos las tuvo llenas.
¿Ahora porqué lloraba otra vez? Será amor también que permanece entre las paredes de algunos edificios, pensó. "Tiene que ser eso", mientras las lágrimas enjuagaban el rojo, dorado y azul de las pinturas del pequeño altar. Es tan hermoso, pensó.
La música clásica sonaba sólo para ella y se agarró las manos vacías.
A la vuelta a casa, pasó por la misma venta de la esquina, entró como pensó hacerlo los meses de aquel verano y compró aquel estuche de palillos que ya nunca le daría. Estaba próximo el final de noviembre.
BERENJENAS SZECHUAN
Para comer con palillos, una receta de Guru Masala. http://cocinaorientalgurumasala.blogspot.com/2008/08/berenjenas-al-estilo-de-szechuan.html
De sabor impecable, deliciosa. Yo tuve que hacerle un par de cambios por exigencias de mi entorno. No tenía la salsa de soja picante, así que usé un trocito de pimienta palmera seca al sofreir con la verdura (es fuertecita sin llegar a ser picona), y en lugar de completar con cebolleta que no se encuentra en el mercado, sumé puerro a los ingredientes.
Tuve un fallo gordo y es que aunque las berenjenas las dejé un instante pequeñísimo al vapor, ya estaba pasada para mi gusto. Esa textura fofa en la boca no la soporto. Pero sabor del conjunto es ... uhmmmmmmmmmmm.. delicioso.
Más tarde subiré cómo aproveché lo que sobró y que realmente tiene todo el sabor esencial del plato.
Espero que Guru no se enfade por cambiar sus recetas y por presentarlas aunque no tengan que ver con la pinta de la que él subió.