
He rescatado ésto, escrito hace casi un año:
"Me gusta haber cumplido 40. Antes de tenerlos temí que al hacer recuento –sabía que, más o menos encubiertamente, lo haría- la balanza me hiciera una jugarreta y me diera de bruces contra el suelo de la desilusión.
Cuando tenía media vida menos quizá me hice un planning de futuro, de esos que muchos se hacen cada año, algo más halagüeño para esta edad que ahora ya me ha tocado vivir. Temía darme cuenta que me falta mucha carga en las alforjas y, por otro lado, aún porto mucha paja de la que no me desprendí.Entre esa mitad de vida y el día de hoy pasaron tantas cosas que nunca podía haber aventurado a mis 20… tantas que marcaron en su momento el lado de la senda a elegir, y otras el único que, aun en contra de mí misma, me vi obligada a caminar.
Pasaron unas cuantas semanas dando vueltas a este tema. A ratos me he sentido conforme, otras no tanto. Pero sin embargo este sábado…me empeñé. De hecho llevaba la idea fija desde hacía días, de irme a una fiesta final de carnaval en el norte de la isla. La noche estaba especialmente fría y la luna llenando de claros y sombras el mar, no nos abandonó ni un instante por el recorrido de curvas y puentes hasta San Andrés y Sauces. A medio camino hizo aparición también la lluvia, pero yo tenía la música sonándome en las tripas y unas ganas de bailar… me resistí a pensar en otra anulación… aquel plan tenía que salir. Como antes, cuando ni el mayor vendaval ni la escasa consciencia de los pocos años me hacía echarme atrás.
No había donde aparcar, la única solución por la entrada sur del pueblo, era hacerlo al otro lado de un puente de casi 2 kilómetros, sobre el abismo más pronunciado que yo he visto desde arriba (tengo vértigo) y recorrerlo dejándote calar por el aire más fino, y helado, que estiletes. Preferimos dar un rodeo de 15 minutos y abordarlo por el norte… total, la noche era nuestra –a veces ese concepto es, de tan real, casi palpable-. La plaza del centro del pueblo y la carretera que lo atraviesa estaban abarrotados. La gente se quejaba del frío y, cosa rarísima, la noche de carnaval se veía oscura, sin color, y no sólo por el pardo de las luces de mercurio que nos convierten a todos en daltónicos.
La espera del no sé qué se alargaba por dos horas ya. El chocolate se había agotado en algunos kioscos, tenía hambre y ni el suéter y la chaqueta de punto, ni las dos bufandas me impedían tiritar. De repente, por un lateral se acercó el cortejo. Delante dos pequeños estandartes portados por niños: brujos, brujas, draculines, cargaban en andas dos pececitos de tonos azules y platas, tan serios ellos en su papel, volteando y metiendo entre la gente sus andas… detrás ya la marabunta de adolescentes y jovencitos… caras pálidas, negro, violeta y rojo, una banda de música de la misma guisa, una batucada y la sardina reinona de la fiesta, un tremendo bicho cargado por cuarenta chicarrones, como una cofradía más. Todos de túnicas negras, con las caras maquilladas de terror y bailando al son de la música, ahora suave marcha, ahora desenfrenado y rítmico son de tambores… sudorosos, agotados.
Impactaba. Ni lloronas, ni piernas al aire entre gritos, ni mesar de cabellos.
Termina la marcha con la quema de la pieza en medio de la multitud… se apagan las luces, empieza el ruido de las tracas. Bajo una palmera y al aroma del romero recortado, los colores de los fuegos artificiales maquillan de color las caras de la masa de oscuros abrigos, rojos, azules, amarillentos. La luna sigue marcando un intenso camino sobre el mar que se ve entre los edificios y las plataneras, las nubes oscuras la tapan sólo a medias, creando un juego de máscaras en el horizonte. No hay música, sólo silencio ensordecido por las palmeras de fuego al explotar, sólo rostros brillantes mirando hacia el cielo. Se termina la explosión y un alto y vigoroso fuego naranja consume la carcasa en la plaza, sigue oliendo a romero y ahora también a pólvora y a humo.
Las luces continúan apagadas un ratito más que a mí se me hace eterno, camino entre los cuerpos de la plaza de encima, aún aturdidos y cegados. Y siento ganas de llorar. Ya sé lo que temía, ya sé lo que no perdí.
Tengo 40 años, con poco peso en las albardas y muchas capas de las que desprenderme aún, pero tengo más paz y más sosiego, y disfruto tanto de lo pequeño, que ahora mismo siento ganas de llorar de pura emoción. Ha sido un instante tan bello…Empieza la música y, aunque sonaba como orquesta de pueblo, me pongo a bailar, y sonrío y salto. Coqueteo. Y miro y me miran… todo parece seguir estando bien y yo no tengo edad" Febrero 2008
A día 4 de febrero de 2009: me gusta afirmar que estoy feliz por haber podido cumplir 41, y que en este tiempo hayan pasado tantísimas cosas más. Que esta mañana me haya levantado como desde siempre, temprano, y abierto las puertas esperando al sol. Y el sol hoy me haya visitado.
Hace casi un año de éso. Se acerca de nuevo el carnaval. Este año no estará M. para juntas ir a bailar (ya que decidió cerrar su círculo), y tampoco C. me cantó el cumpleaños feliz ni verá los Indianos como habíamos planeado una noche de verano, mientras cenábamos en el Mambrino. Pero yo sigo aquí, con ramos de flores por la casa, diseñando un disfraz violeta y amarillo para la piñata y desempolvando mi vestido crudo para el lunes de carnaval.
Y también sigo rescatando cosas que probé en un momento de "creatividad", esperando que mis musas esta vez no me abandonen, que les he puesto miel , yogur, galletas y lavanda, para cuando decidan tirar con chinas a mi cristal.
Mientras:
ALGO ASÍ COMO PESTO ROJO
(El original no lo he probado y no me gusta ofender a nadie)
Tiro de memoria y no puedo poner las cantidades. Acabo de darme cuenta que no lo anoté en su momento. Hasta que lo vuelva a hacer quedaremos en usar: Tomates secos previamente remojados en aceite. Molidos con ajo, carne de pimienta seca una vez rehidratada, en este caso obvio que era del lugar, o sea: palmera, poquitas nueces o almendras, parmesano y sal.
Me gustó tanto como el verde. Pero teniendo en cuenta que sigue siendo potente, fuerte, saciante, para tomar con un vinito entre muchas risas y luego pasear. El queso tierno rayado de esta tierra, suaviza su sabor. Aunque, con los espaguetti, a mí me gusta más a "palo seco" con orégano espolvoreado y el cacho de queso en la otra mano.